domingo, 4 de noviembre de 2007

AURELIO

Aurelio entra al edificio por la puerta de atrás. Se limpia los zapatos pulcramente sobre el triste WELCOME y enfila sin saludar hacía la puerta metálica. Desteñida, sudada, la puerta ignora sus miradas piadosas y se limita a permanecer, a siempre permanecer. Ajena a toda reforma, la siempre metálica, la siempre descascarada. A su izquierda el botoncito amarillo reclama pulsión y Aurelio le corresponde a sabiendas de que solo así podrá por fin terminar con todo ese asunto. Pasan unos pocos minutos antes de que el ascensor finalmente obligue a la estúpida puerta a ceder, a abrirse, dejándole a Aurelio ese saborcito victorioso de los que se conforman con tan poco.
Entra, despacio, con calma, ya casi, solo un poco mas. Usa los primeros segundos en observar concienzudamente el diminuto espacio. Como cada día comprueba que si, que efectivamente todo sigue donde la ultima vez. El espejo amarronado, la alfombra de goma, la mancha pegajosa y reseca sobre el techo. Todo. La botonera. Esa bandeja obscena que exhibe sin pudores sus treinta botones numerados y aquellos otros en los que unas pocas letras pretenden, sin éxito las mas de las veces, alertar a los usuarios sobre sus funciones rara vez aplicadas. La botonera plateada con sus relieves y sus lucecitas pálidas.
Aurelio la mira, improvisa serenidad por sobre su cara de franco pánico. La botonera. Ese derroche de destinos. Respirando hondo junta fuerzas y lleva, finalmente, su mano sobre el impúdico aparato. Tantea desconfiado, antes de elegir aquel botoncito. Aquel y no otro, y eso lo agobia. Aquel que es solo uno entre tantos. Pero ya ha sido ese y su lucecita roja y desganada titila como para refregarle en la cara que ha elegido. Que su elección está hecha y ya no hay vuelta atrás, porque ya ella destella sin brillar. Acorralado por los destinos que no han sido, Aurelio se deja caer contra el espejo marchito y resbala lentamente hasta el suelo. Con los ojos fijos en el visor ve pasar uno tras otro los pisos que no ha marcado. Se despide de ellos. Se disculpa por no elegirlos. Espera que por fin aparezca el suyo sobre el negro cuadradito. Que las lucecitas ambarinas se decidan a formar de una buena vez su número, ese que ya le pertenece indeclinablemente, que ha elegido a costa de descartar a los otros veintinueve. El número llega, Aurelio apenas puede reconocerlo, pero el número llega. Llega y entonces el apenas ruido, el apenas sobresalto del ascensor deteniéndose. Llega y la puerta empieza a abrirse. Un sudor espeso corre sobre el pecho de Aurelio, un sudor que no lo deja levantarse, la puerta va a abrirse finalmente. Va a abrirse y atrás de ella estará su destino. Va a abrirse y solo un piso aparecerá, mientras los otros, los descartados, siguen ahí, latentes, como todo aquello que pudo haber elegido y sin embargo descartó. Juntando todas sus fuerzas Aurelio se levanta sin disimular su pánico. Cierra los ojos y solo vuelve a abrirlos una vez traspasado el marco. Camina uno, dos pasos. Reconoce su puerta. Es ella, la suya, no se ha equivocado, treinta destinos intentaron desconcertarlo y aun así él supo encontrarla. Mientras se abalanza sobre ella Aurelio vuelve a sentir su pequeño, su tibio saborcito a victoria.

21 * X * 2000

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