domingo, 19 de julio de 2009

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Espantapájaros naranjas hierven sus trapos al sol en enormes pozos
Con los ojos radiantes siguen el serpenteo del fuego
Librados de su coraza de tela, de su ropa vieja heredada a la fuerza
Se vuelven sus cuerpos blandos
Se desmoronan
Con su último segundo de espantapájaros
Sienten el vientito oscuro de sus cuerpos volando
Desarmándose en millones de pajitas voladoras


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PANTALONES

Un pantalón nuevo puede ser un simple trámite para la mayoría de los mortales. Se entra en un negocio se camina entre los escaparates, se puede incluso pedir ayuda a algún vendedor, se entra al probador con tres o cuatro prendas y se sale del local con una bolsa en la mano. Nada del otro mundo.
Para Aurelio, sin embargo, el temido momento en que un pantalón va acercándose a su autodestrucción es quizás una de las cosas más desesperantes jamás imaginadas.
Un día como cualquier otro, Aurelio saca su ropa del lavarropas y se dispone a colgarla cuando nota que el pantalón en cuestión perdió gran parte de su color. Con espanto lo acerca lo mas posible a sus ojos, busca la mejor luz y vuelve a observarlo detenidamente. El terror lo invade cuando nota que el pantalón no solo va perdiendo color, sino que también la tela está seriamente deteriorada, las botamangas se ven gastadas y todo el pantalón se ve más bien avejentado. Trata de calmarse y cuelga el pantalón. Por un rato intenta seguir con su vida como si nada, pero tres cuartos de hora más tarde se ve de nuevo en la terraza. Quizás ese sea el aspecto del pantalón mojado, pero la cosa puede cambiar a medida que vaya secándose. No. El pantalón sigue bastante rotoso, sin embargo, no está todavía seco. Aurelio baja, busca un banquito, la pava, el mate, piensa en un libro pero pronto desiste, será mejor no distraerse demasiado para poder apreciar detenidamente la evolución del caso. Vuelve a subir y se ubica a unos dos metros de la soga de colgar la ropa para poder tener una visión completa del pantalón en cuestión. Con cuidado de no quemarse ceba el mate casi sin despegar la mirada de la tela. Es una tela gruesa y su lavarropas no tiene centrifugado así que Aurelio sabe que lo espera una lenta y agónica espera, por momentos se arrepiente de no haber traído el libro, pero pronto se reprocha su inconstancia y vuelve a dedicar toda su atención al proceso de secado. Ya casi anochece cuando, después de varias falsas alarmas, la mano de Aurelio palpa la tela sintiéndola seca por completo.
Entonces vuelve el horror. El pantalón seco está tan o mas avejentado que el mojado.
La desolación lo inunda. Un profundo dolor le cierra el pecho. Ese pantalón que ha compartido con él tantos buenos momentos, que lo ha abrigado, que supo despertar elogios y miradas de envidia, es ahora un montón de tela inútil, casi un trapo.
Aurelio baja hasta su pieza olvidando por completo que en la soga queda mucha otra ropa por descolgar, se olvida incluso del mate y el banquito. Solo puede pensar en la espantosa pérdida. Durante esa noche Aurelio no pensará en otra cosa. Los recuerdos lo inundaran intensamente. Probablemente se animará en la absoluta privacidad de su cuarto a dejar caer una lágrima gorda y voluptuosa que no se siente con fuerzas para contener.
Por la mañana el duelo estará cumplido y Aurelio le dedicará una última mirada compasiva antes de doblarlo cuidadosamente y meterlo en la bolsa de la basura con un suspiro tan conmovedor que haría llorar a los gritos a mas de una vecina gorda.
Hasta ahora Aurelio no tuvo tiempo de pensar seriamente en las consecuencias de tan triste acontecimiento, pero con la bolsa ya fuera de la casa una nueva oleada de desconsuelo y pánico se vuelca sobre él. Si el pantalón viejo es ya inutilizable, otro deberá ocupar su lugar en el armario y en su vida. Cabizbajo Aurelio se sienta en el borde de la cama y recuerda el tenebroso cúmulo de acciones que ocuparan la mayor parte de su día. Prepara el almuerzo con dedicación. Va a necesitar sentirse con todas las fuerzas posibles para emprender la ardua tarea que le espera.
Con valor sale de su casa y camina hasta el colectivo tratando de pensar lo menos posible en los eventos de las próximas horas. A medida que el colectivo va acercándose al destino el corazón de Aurelio empieza a acelerarse. Las inscripciones pintadas sobre las paredes ya no lo distraen, trata de concentrarse en alguna conversación ajena, pero tampoco eso logra amortiguar el cosquilleo que recorre su espalda.
Ya en la puerta del negocio Aurelio se siente asustado pero listo para comenzar la batalla.
Con un lento movimiento de cabeza le dedica una mirada abarcadora a toda la tienda. La sección de pantalones está al fondo, habrá que ingeniárselas para recorrer todo el local sin que los carnívoros vendedores logren venderle alguna corbata o incluso una camisa. Se suena los dedos de las manos, toma aire y, con paso decido, comienza a avanzar. Como un ciego camina sin mover los ojos del horizonte. Casi no respira. Siente como si sus movimientos estuvieran atrapados en una especie de cámara lenta mientras que a su alrededor todo se mueve mucho mas vertiginosamente que de costumbre. Después de un tiempo que no logra precisar llega a la sección indicada. Mira sus manos vacías, palpa la billetera inmóvil en su bolsillo. Suspira levemente, ha salido airoso del primer paso. No es momento de alegrarse, sin embargo. Falta todavía lo peor. Con un solo vistazo sabe que ninguno de esos pantalones es tan bueno como el perdido. De echo ningún pantalón nuevo podría serlo. Sobre los estantes, en las perchas, en los tétricos maniquíes solo se ven pantalones que no lo conocen en absoluto. Que nada saben de sus formas. Almidonados hasta la nausea, rígidos como muertos, nada tienen que ver con lo que él busca. Sin embargo Aurelio NECESITA un nuevo pantalón y sabe perfectamente que podría recorrer todas y cada una de las casas de venta de pantalones en la ciudad sintiéndose exactamente igual que en esta. Entre esos está su nuevo pantalón. Le guste o no deberá elegir uno y hacerlo suyo, con paciencia, tenacidad, darle su forma, educarlo en su deber de ser un buen pantalón a pesar de sus limitaciones.
Aurelio pasa una o dos horas mas evaluando ventajas y desventajas de cada modelo expuesto en el local. Uno tras otro los vendedores se acercan a ofrecer su ayuda y son rechazados sistemáticamente por Aurelio que, fastidiado, intenta explicar que él y solamente él puede descubrir entre todos a SU pantalón.
Finalmente Aurelio siente que encontró el mejor pantalón posible, lo paga frente a la mirada desconcertada de los vendedores y sale. Ya en la calle vuelve a respirar tranquilo. Por fin todo terminó y ya solo queda volver a la casa y seguir con la vida.

AURELIO, EL VENGADOR

Con cuatro ases se reina el mundo. Con una careta se compra la felicidad prepaga de las revistas. Con el sudor de la frente se compra el pan. Con amnesia se gana la paz espiritual. Con dolor parirás. Consuelos Conmovedores. Conciencias contraídas.


Aurelio camina por la calle como siempre caminó por tantas calles que su memoria elefántica no puede enumerar. Camina con ese paso terco e impúdico del que no va a ningún lado, del que no tiene ningún apuro y, sin embargo, se siente con el derecho de abandonarse blandamente a un transitar descansado y pululante. Así se abre paso entre multitudes multiformes que sí tienen apuro, que sí saben donde van. Los mira dolorido, casi apiadado de esas prolijas almas que abarrotan con su desesperación las cercanías de la estación. Muchos prefieren para sus paseos ociosos los parques, las calles tranquilas de los barrios mas alejados del centro, la mayoría prefiere caminar lo menos posible en su tiempo libre; Aurelio no se parece en nada a ellos, incluso los desprecia secretamente, es cierto que su elección tiene complicaciones, la vista no es muy agradable, constantemente hay que evitar violentos empujones, los pisotones y los insultos son mucho mas frecuentes en retiro o constitución que en el medio de un gran parque arbolado, Aurelio lo sabe, pero eso no le preocupa. Una alegría de brontosaurio le inunda el pecho cuando se ve tranquilo, feliz, completamente ocioso en el reino de las obligaciones, las corridas y las llegadas tarde. Con su sonrisa entre beatífica y estúpida recorre al paso mas lento humanamente posible aquellos lugares en los que solo parece permitido correr. Con las manos en los bolsillos y la mirada perdida recibe los golpes de quienes desesperados tratan de esquivarlo. No es maldad, Aurelio no tiene nada contra esas pobres gentes, es por ellos que lo hace. Es su venganza. Aurelio redentor de los sin tiempo. Vengador incomprendido de todo aquel que ve morir su individualidad en la masa bobina de las estaciones terminales.