En el tiempo de los otros hay llagas de desentendimiento.
En el tiempo.
En el agua.
En el parto de los otros.
Hay costras.
En el tiempo.
En el silencio.
Mal augurio del pájaro bobo.
Calles calladas cayendo.
Callos.
Costras.
Hay ausencias.
Sin dolor hay.
Hay ausencias.
Sin sangre.
Hay.
Terremotos.
Silencio.
Miedo.
Aguacero en el tiempo de los otros.
sábado, 10 de noviembre de 2007
domingo, 4 de noviembre de 2007
AURELIO
Aurelio entra al edificio por la puerta de atrás. Se limpia los zapatos pulcramente sobre el triste WELCOME y enfila sin saludar hacía la puerta metálica. Desteñida, sudada, la puerta ignora sus miradas piadosas y se limita a permanecer, a siempre permanecer. Ajena a toda reforma, la siempre metálica, la siempre descascarada. A su izquierda el botoncito amarillo reclama pulsión y Aurelio le corresponde a sabiendas de que solo así podrá por fin terminar con todo ese asunto. Pasan unos pocos minutos antes de que el ascensor finalmente obligue a la estúpida puerta a ceder, a abrirse, dejándole a Aurelio ese saborcito victorioso de los que se conforman con tan poco.
Entra, despacio, con calma, ya casi, solo un poco mas. Usa los primeros segundos en observar concienzudamente el diminuto espacio. Como cada día comprueba que si, que efectivamente todo sigue donde la ultima vez. El espejo amarronado, la alfombra de goma, la mancha pegajosa y reseca sobre el techo. Todo. La botonera. Esa bandeja obscena que exhibe sin pudores sus treinta botones numerados y aquellos otros en los que unas pocas letras pretenden, sin éxito las mas de las veces, alertar a los usuarios sobre sus funciones rara vez aplicadas. La botonera plateada con sus relieves y sus lucecitas pálidas.
Aurelio la mira, improvisa serenidad por sobre su cara de franco pánico. La botonera. Ese derroche de destinos. Respirando hondo junta fuerzas y lleva, finalmente, su mano sobre el impúdico aparato. Tantea desconfiado, antes de elegir aquel botoncito. Aquel y no otro, y eso lo agobia. Aquel que es solo uno entre tantos. Pero ya ha sido ese y su lucecita roja y desganada titila como para refregarle en la cara que ha elegido. Que su elección está hecha y ya no hay vuelta atrás, porque ya ella destella sin brillar. Acorralado por los destinos que no han sido, Aurelio se deja caer contra el espejo marchito y resbala lentamente hasta el suelo. Con los ojos fijos en el visor ve pasar uno tras otro los pisos que no ha marcado. Se despide de ellos. Se disculpa por no elegirlos. Espera que por fin aparezca el suyo sobre el negro cuadradito. Que las lucecitas ambarinas se decidan a formar de una buena vez su número, ese que ya le pertenece indeclinablemente, que ha elegido a costa de descartar a los otros veintinueve. El número llega, Aurelio apenas puede reconocerlo, pero el número llega. Llega y entonces el apenas ruido, el apenas sobresalto del ascensor deteniéndose. Llega y la puerta empieza a abrirse. Un sudor espeso corre sobre el pecho de Aurelio, un sudor que no lo deja levantarse, la puerta va a abrirse finalmente. Va a abrirse y atrás de ella estará su destino. Va a abrirse y solo un piso aparecerá, mientras los otros, los descartados, siguen ahí, latentes, como todo aquello que pudo haber elegido y sin embargo descartó. Juntando todas sus fuerzas Aurelio se levanta sin disimular su pánico. Cierra los ojos y solo vuelve a abrirlos una vez traspasado el marco. Camina uno, dos pasos. Reconoce su puerta. Es ella, la suya, no se ha equivocado, treinta destinos intentaron desconcertarlo y aun así él supo encontrarla. Mientras se abalanza sobre ella Aurelio vuelve a sentir su pequeño, su tibio saborcito a victoria.
21 * X * 2000
Entra, despacio, con calma, ya casi, solo un poco mas. Usa los primeros segundos en observar concienzudamente el diminuto espacio. Como cada día comprueba que si, que efectivamente todo sigue donde la ultima vez. El espejo amarronado, la alfombra de goma, la mancha pegajosa y reseca sobre el techo. Todo. La botonera. Esa bandeja obscena que exhibe sin pudores sus treinta botones numerados y aquellos otros en los que unas pocas letras pretenden, sin éxito las mas de las veces, alertar a los usuarios sobre sus funciones rara vez aplicadas. La botonera plateada con sus relieves y sus lucecitas pálidas.
Aurelio la mira, improvisa serenidad por sobre su cara de franco pánico. La botonera. Ese derroche de destinos. Respirando hondo junta fuerzas y lleva, finalmente, su mano sobre el impúdico aparato. Tantea desconfiado, antes de elegir aquel botoncito. Aquel y no otro, y eso lo agobia. Aquel que es solo uno entre tantos. Pero ya ha sido ese y su lucecita roja y desganada titila como para refregarle en la cara que ha elegido. Que su elección está hecha y ya no hay vuelta atrás, porque ya ella destella sin brillar. Acorralado por los destinos que no han sido, Aurelio se deja caer contra el espejo marchito y resbala lentamente hasta el suelo. Con los ojos fijos en el visor ve pasar uno tras otro los pisos que no ha marcado. Se despide de ellos. Se disculpa por no elegirlos. Espera que por fin aparezca el suyo sobre el negro cuadradito. Que las lucecitas ambarinas se decidan a formar de una buena vez su número, ese que ya le pertenece indeclinablemente, que ha elegido a costa de descartar a los otros veintinueve. El número llega, Aurelio apenas puede reconocerlo, pero el número llega. Llega y entonces el apenas ruido, el apenas sobresalto del ascensor deteniéndose. Llega y la puerta empieza a abrirse. Un sudor espeso corre sobre el pecho de Aurelio, un sudor que no lo deja levantarse, la puerta va a abrirse finalmente. Va a abrirse y atrás de ella estará su destino. Va a abrirse y solo un piso aparecerá, mientras los otros, los descartados, siguen ahí, latentes, como todo aquello que pudo haber elegido y sin embargo descartó. Juntando todas sus fuerzas Aurelio se levanta sin disimular su pánico. Cierra los ojos y solo vuelve a abrirlos una vez traspasado el marco. Camina uno, dos pasos. Reconoce su puerta. Es ella, la suya, no se ha equivocado, treinta destinos intentaron desconcertarlo y aun así él supo encontrarla. Mientras se abalanza sobre ella Aurelio vuelve a sentir su pequeño, su tibio saborcito a victoria.
21 * X * 2000
HILOS
Hinojos humeantes,
Helechos helados,
Hipopótamos hundidos
Hasta herrumbrarse.
Huellas de un hijo
Hecho y deshecho
Hueco de hierro y herejías,
Mi hermano hallado
En la hierba,
Hojas machucadas
Por el humo,
Hilos de holocausto.
Helechos helados,
Hipopótamos hundidos
Hasta herrumbrarse.
Huellas de un hijo
Hecho y deshecho
Hueco de hierro y herejías,
Mi hermano hallado
En la hierba,
Hojas machucadas
Por el humo,
Hilos de holocausto.
L
Lujuriosas libélulas
Lucen lustrosas ligas,
Libres los labios
Lamentan la lúgubre
Luz de los lirios.
Leen libros locos,
Lloran sus lívidas alas.
Lacónicas,
Ladran letras lapidarias,
Le lamen el alma al laurel
Y lagrimean,
Las lujuriosas libélulas locas.
Lucen lustrosas ligas,
Libres los labios
Lamentan la lúgubre
Luz de los lirios.
Leen libros locos,
Lloran sus lívidas alas.
Lacónicas,
Ladran letras lapidarias,
Le lamen el alma al laurel
Y lagrimean,
Las lujuriosas libélulas locas.
quiero
Quiero un vértigo que no lastime
Quiero un zapallo rosa y algunas vidas para vivirlas sin tristeza
Un unicornio verde y tres días de fiesta
Quiero que los días tengan nombres y sentidos
Y que valga la pena despertarse
Quiero que pase algo que nos despierte sin matarnos
Y no llorar por 42 noches
Y que el viento sirva para algo
Quiero que se acabe este rato sucio que me empasta
Y que vuelvan las ganas de ver y sentir
Quiero retruco y vale cuatro
Y alguna vez, si se puede, quiero ganar.
Quiero un zapallo rosa y algunas vidas para vivirlas sin tristeza
Un unicornio verde y tres días de fiesta
Quiero que los días tengan nombres y sentidos
Y que valga la pena despertarse
Quiero que pase algo que nos despierte sin matarnos
Y no llorar por 42 noches
Y que el viento sirva para algo
Quiero que se acabe este rato sucio que me empasta
Y que vuelvan las ganas de ver y sentir
Quiero retruco y vale cuatro
Y alguna vez, si se puede, quiero ganar.
Cuero curtido insensato y desnutrido.
Ojos vencidos que crujen sin temor.
Un soldadito de lata empastado de sangre falsa
Mil veces calles sin rencor
Tu voz sin salida
Un suelo que quema
Un tiempo que arde
Gatos descoloridos al sol
Gentes germinando prudentemente
No estoy
Yo no fui
Me quedé
Y no hubo fiesta
Y cayó la noche
Sin paracaídas
Sinsabores
Sin tiempo ni luna
Yo no fui
Yo estaba en otro lado y no los ví
Pero me lo contaron
Ojos vencidos que crujen sin temor.
Un soldadito de lata empastado de sangre falsa
Mil veces calles sin rencor
Tu voz sin salida
Un suelo que quema
Un tiempo que arde
Gatos descoloridos al sol
Gentes germinando prudentemente
No estoy
Yo no fui
Me quedé
Y no hubo fiesta
Y cayó la noche
Sin paracaídas
Sinsabores
Sin tiempo ni luna
Yo no fui
Yo estaba en otro lado y no los ví
Pero me lo contaron
VORAZ
Águilas calvas ostentan voracidad en el tumulto
Horrendas desfilan su aire marcial entre nosotros
Al principio nadie les presta atención y eso las irrita
Entonces eligen la presa
Con naturalidad sus ojos
Amarillos
Vidriosos
Se posan sobre el cuerpo que,
Ignorante todavía de lo siniestro del porvenir
Se da el gusto de caminar pateando idiotamente una piedrita
Sin ambición de ser inmortalizado en ese segundo
Sin ganas de serlo
Todas a la vez en el mismo cuerpo
Todos los amarillos ojos
Lo miran por un segundo
Todo dura apenas un instante
La mujer gorda suelta el paquete y grita
Tapándose los ojos con sus manitas grassolette
Saltando un poquito y todo
La presa agita el pie sin esmero
Y justo cuando la punta de la zapatilla está por alcanzar
La piedrita gris
El primer picotazo se hunde en el cuello
Rojo
Húmedo
Solo un segundo
Lo demás solo un revuelo de aletazos
Plumas agitadas
Graznidos
Y el débil aullido
Casi imperceptible
Del cuerpo desgarrándose
De la carne cediendo débilmente
Tu voz callándose
Y el kioskero baja la persiana y silba bajito
Las águilas sacuden sus plumas furiosas
Suspendidas en el aire se agitan victoriosas y excitadas
Un momento antes de perderse de nuevo
Para que cada quien se vuelva a su vida
Horrendas desfilan su aire marcial entre nosotros
Al principio nadie les presta atención y eso las irrita
Entonces eligen la presa
Con naturalidad sus ojos
Amarillos
Vidriosos
Se posan sobre el cuerpo que,
Ignorante todavía de lo siniestro del porvenir
Se da el gusto de caminar pateando idiotamente una piedrita
Sin ambición de ser inmortalizado en ese segundo
Sin ganas de serlo
Todas a la vez en el mismo cuerpo
Todos los amarillos ojos
Lo miran por un segundo
Todo dura apenas un instante
La mujer gorda suelta el paquete y grita
Tapándose los ojos con sus manitas grassolette
Saltando un poquito y todo
La presa agita el pie sin esmero
Y justo cuando la punta de la zapatilla está por alcanzar
La piedrita gris
El primer picotazo se hunde en el cuello
Rojo
Húmedo
Solo un segundo
Lo demás solo un revuelo de aletazos
Plumas agitadas
Graznidos
Y el débil aullido
Casi imperceptible
Del cuerpo desgarrándose
De la carne cediendo débilmente
Tu voz callándose
Y el kioskero baja la persiana y silba bajito
Las águilas sacuden sus plumas furiosas
Suspendidas en el aire se agitan victoriosas y excitadas
Un momento antes de perderse de nuevo
Para que cada quien se vuelva a su vida
Santas manos violan barreras sanitarias. No hay luz. Se cortó. Hay un gato muerto en la puerta. O tal vez sea una impresión mía. Por ahora no se sabe. Sobre el agua del mar. No, no esta mal. Pero lo del gato me inquieta y me distrae. Todavía no hay certezas. Sobre el agua del mar. Si te quiero ver así. Plagio moroso y vulgar. Automatismo voraz. Esta en mi cabeza. En el aire. En el tiempo que lleva caminar desde el pasillo hasta la calle. O viceversa. Las voces me dictan los designios sagrados. Yo las ignoro. Pero ellas insisten incansablemente. En el fondo me da ternura. Son casi monas, así rebotando en mi cabeza. Es una lastima que no hubiesen encontrado receptáculo mas saludable a sus intenciones. Si es que tienen intenciones. Por ahora pareciera que lo del gato era una falsa alarma. Ya tendría que haberse escuchado el grito espeluznado de algún vecino infortunado que, queriendo simplemente volver a su hogar, hubiese dado con la pavorosa imagen. Es tranquilizador. La sensación de encierro empezaba a adormecer la sangre. No es que tuviera que salir. Ni siquiera quería salir, en realidad. Pero la idea de no poder salir me roía la cabeza lenta pero permanentemente. Ahora todo es diferente. Si no hay gato es posible salir. Cruzar la puerta como cualquier hijo de vecino, y salir a la calle sin tener que toparse con el horrendo espectáculo de la muerte.
Acuíferos deseos suntuosos recorren los techos del mañana. Gatos tuertos que perdieron el camino a casa. Un hombre se mira la punta del zapato y llora. Las cosas son como son. No hay refugio para los lentos de alma. Las flores verdes rebalsan los límites de lo posible y el hombre sigue llorando. Desconsolado. Con mocos. Hay un tiempo para cada cosa. Unos mundos para cada perro. No hay ciempiés violetas. Ni gallina de los huevos de oro. Un horror. Y papa Noel son los padres. Todo una gran farsa y el hombre llora. Cada cosa se acomoda en su lugar. Ahora es evidente. Los potus son una planta de mierda. El hombre se saca el zapato. Lo mira con los ojos vidriosos. Lo aprieta entre los dedos amarilleados por el esfuerzo. Grita. Con la furia de los siglos del mundo escondida debajo de la lengua. Grita y tira el zapato a la mierda. Y se acomoda la ropa. Y se suena los mocos. Y se limpia la cara. Y sigue caminando.
Tanto silencio lastima los ojos.
Tantas voces que no dicen nada cuando hablan. Que callan por miedo o por gusto.
Desconfío de los que se salvan mientras tantos mueren.
De las sonrisas impostadas de los que huyen de un barco que podría no hundirse.
Me hace falta tu voz hoy.
Tu voz y tu cuerpo para seguir soñando.
Un ojo ciego nos vigila. Polvo negro manchándonos la vida
Tengo hambre
Tengo vida acá guardada para los que ya no les queda
Hay un chico que grita y no está lejos
Hay un sueño que se hace pesadilla en las calles teñidas de azul
Oscuridad inundando nuestro fuego
Tengo miedo
Tengo lucha
Tantas voces que no dicen nada cuando hablan. Que callan por miedo o por gusto.
Desconfío de los que se salvan mientras tantos mueren.
De las sonrisas impostadas de los que huyen de un barco que podría no hundirse.
Me hace falta tu voz hoy.
Tu voz y tu cuerpo para seguir soñando.
Un ojo ciego nos vigila. Polvo negro manchándonos la vida
Tengo hambre
Tengo vida acá guardada para los que ya no les queda
Hay un chico que grita y no está lejos
Hay un sueño que se hace pesadilla en las calles teñidas de azul
Oscuridad inundando nuestro fuego
Tengo miedo
Tengo lucha
Resuenan
Vuelcan cielos salvajes
En mi pecho
En el suelo de lo reseco
Caen pedazos de magia
Y nadie los ve
Porque están ciegos
En tu boca jugosa tres monedas
En el tiempo mucho silencio
En la vida una muerte
Sobran impúdicos salvajes
Se mutilan con el filo de sus lenguas
Yo junto mis cosas
Y corro
En mi pecho
En el suelo
En tu boca
En el tiempo
En la vida
Yo corro
Y me despido
No llevo piedra conmigo hoy.
Vuelcan cielos salvajes
En mi pecho
En el suelo de lo reseco
Caen pedazos de magia
Y nadie los ve
Porque están ciegos
En tu boca jugosa tres monedas
En el tiempo mucho silencio
En la vida una muerte
Sobran impúdicos salvajes
Se mutilan con el filo de sus lenguas
Yo junto mis cosas
Y corro
En mi pecho
En el suelo
En tu boca
En el tiempo
En la vida
Yo corro
Y me despido
No llevo piedra conmigo hoy.
ESCONDIDAS
Corren ríos
Caen pájaros dañados
Un hilo de muerte vieja y desgastada por el uso cubre las caras de sus victimas con locuaz tenacidad
No hay dos sin tres repite el verdugo y se limpia la comisura de los labios
Manchada de su baba caliente y angurrienta
En el mundo, en ese misterio que es el mundo
Todo gira incesante e indiferente
Nada sabe el pasto de la sangre que gotea dentro de los galpones
Nada sabe aquella señora de los gritos que se filtran por las rendijas
Es un cuento conocido
Cada tanto a algunos se les da por jugar a las escondidas
Y son tan buenos
Tan asombrosamente buenos
Que nunca más vuelve a saberse nada de ellos.La gente de bien sacude la cabeza y se escandaliza quince minutos antes de olvidarlos.
Caen pájaros dañados
Un hilo de muerte vieja y desgastada por el uso cubre las caras de sus victimas con locuaz tenacidad
No hay dos sin tres repite el verdugo y se limpia la comisura de los labios
Manchada de su baba caliente y angurrienta
En el mundo, en ese misterio que es el mundo
Todo gira incesante e indiferente
Nada sabe el pasto de la sangre que gotea dentro de los galpones
Nada sabe aquella señora de los gritos que se filtran por las rendijas
Es un cuento conocido
Cada tanto a algunos se les da por jugar a las escondidas
Y son tan buenos
Tan asombrosamente buenos
Que nunca más vuelve a saberse nada de ellos.La gente de bien sacude la cabeza y se escandaliza quince minutos antes de olvidarlos.
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